Capitalismo de Identidad

El pánico escénico es cosa del pasado, o así lo parece. ¿Quién en el siglo pasado hubiera pensado que todos podríamos tener una audiencia que escuchara cada idea que surgiera de nuestra maraña de pensamientos? La revolución digital trajo consigo centenas de plataformas donde los cibernautas pueden expresar sus opiniones, disgustos, aspiraciones, y hasta fotos de manera abierta y masiva. Los veteranos nos fuimos adentrando a este mundo de la auto exposición con algo de recelo y precaución, aún temerosos del que dirán y limitándonos a publicaciones no más escandalosas que las que se encuentran en un álbum de fotos cuando tu mamá quiere mostrarle a todos tu cara llena de pastel a los 5 años. Poco a poco estas plataformas evolucionaron junto con nuestro deseo de ser notados, de gritarle al mundo ¡aquí estoy y soy único!, mientras usamos la misma pose que otro milloncito de personas. Dejamos de solo tener un álbum de fotos digital y nos convertimos en personajes; avatares de nosotros mismos que personalizamos como al iniciar un videojuego. Definimos que tipo de vida, intereses, gustos, actividades y preferencias queremos que los demás vean aún sin estar basados en la realidad. Nos metimos a un mercado social y solitos no volvimos productos intercambiables; nuestros likes ahora eran divisas y luchamos por obtenerlos tal como si fuera un segundo empleo para llevar likes a la mesa. Pronto surgieron aquellos que aprovecharon al máximo este capitalismo de identidad y pusieron su carisma a trabajar para ellos; nacieron los influencers. “Dime cuantos seguidores tienes y te diré cuanto vales” es ahora una guía implícita que se sigue al desenvolverse como ciudadano digital.

No podemos estar seguros si nosotros como usuarios controlamos las redes sociales o si solo tenemos esa ilusión de control y percepción de la realidad que harían que Keanu Reeves se pusiera a pensar. El navegar por el mar de mentes que crean y dan forma a estas plataformas puede llegar a ser algo abrumador y confuso; podemos perdernos a nosotros mismos entre las expectativas, modas y estándares. Es necesario tener una personalidad sólida y definida para no ser víctima de una asimilación completa a las corrientes de pensamiento, que con fuerte caudal erosionan a las consciencias que dan forma a su cauce. Hay una posibilidad de que esta vulnerabilidad y predisposición a ser influenciados por estas maravillas modernas se dé por el hecho de ser novedades a las que aún nos estamos adaptando, y a las que realmente aún no entendemos en su totalidad, por lo menos no en su sentido más abstracto como un concepto de transformación social y hasta psicológica. Mantengo la esperanza de que las generaciones que sean nativas a estas realidades tengan una noción más orgánica y natural de cómo llevar un balance entre la vida real y la vida virtual, ya que, con el paso del tiempo ambas llegarán a ser igual de relevantes en cada aspecto de la cotidianeidad. Predigo que en las próximas décadas se tendrá una experiencia más homogénea y estandarizada en las redes sociales, tal vez al punto en que la información de los perfiles llegue ser tan oficial como una identificación. Por ahora sigamos disfrutando de la diversión inocente de publicar tantos memes como queramos, así por lo menos dejaremos algo que confunda a los antropólogos del futuro.

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  • hace 49 años, 1 mes creado